Prosa de Julio C. Páez

Marzo 1, 2008

El fénix, una nouvelle negra de Julio Páez, capítulo 2.

Archivado en: Uncategorized — juliopaez @ 10:05 pm
Tags: , , , , , , , ,

Cuando Vogel se acercó a ellos, las alusiones a su pasajera fueron abundantes, floridas y obscenas. Pero para no parecer distante o universitario, Vogel festejó algunas con una sonrisa que pretendió ser simpática. Nunca había comprendido esa costumbre de exhibirse como machos dominantes que tienen algunos varones cuando hablan entre ellos, más aún conociendo sus situaciones reales y la opresión que sus legítimas esposas ejercen sobre ellos. Hasta había escrito un par de artículos sobre el asunto en unos fanzines progres a mediados de los ochenta. Publicaciones que ninguno de sus compañeros había llegado a sospechar, sus lecturas no excedían el marco literario de El Clarín deportivo u Olé. Se tomó un café en la agencia y luego fue convocado para otro viaje, también a Capital, (parecía que ese era su día de suerte). Una anciana que tomaba un remís para concurrir a la concentración de los jubilados en plaza Congreso. Qué buena propaganda oficialista. Los jubilados que fomentan los disturbios y el desorden son precisamente aquellos que puedan darse lujos, activistas, meros activistas que apuntan a desestabilizar la convertibilidad movidos por oscuros e inconfesables intereses. No pudo evitar sonreír ante sus pensamientos.
La mujer dijo-Mi marido me dejó en una buena posición, pero que yo esté bien no me autoriza a despreocuparme de los pobres que cobran la jubilación mínima.
Vogel notó que la mujer era inteligente y susceptible, entonces dijo- Estoy completamente de acuerdo con usted.
-Como sonrió…
-No, no sonreía por lo que me había dicho usted, no directamente.
La mujer lo miró atentamente y enunció- Usted no es sólo un remisero.
-Creo que ningún remisero es simplemente un remisero. -respondió Vogel con astucia.
-Vamos, jovencito, ahora no se haga el tonto… -le pidió la pasajera sonriendo- …viajo habitualmente en remises, y conozco la forma habitual de expresarse de los choferes, no puedo dejar de tenerlo en cuenta, al fin y al cabo, soy un profesora de Literatura jubilada.
-Me rindo entonces, es cierto, no soy Clark Kent, soy Licenciado en Filosofía… no quiero deslumbrar al mundo y oculto mi personalidad tras este humilde oficio…
- Ya me parecía, me llamo Lucía.
- Vogel, mucho gusto. -se presentó, e ironizó sobre la adversidad de su suerte: la mina que estaba bárbara le había negado toda posibilidad de acercamiento, y la jubilada estaba deseosa de, al menos, hablar con él.
Lucía comentó- Veo que tiene usted un gran sentido del humor, constantemente encuentra motivos para sonreír
-Es una de las pocas virtudes que conservo: mi sentido del humor, aunque debo confesarle que tiende a tornarse cada vez más enfermizo.
-Eso es algo que sólo usted puede saber…
Lucía se volvió hacia la ventanilla y se mantuvo en silencio durante unos minutos.
-Espero que nada de lo que dije la haya molestado.
- ¿Qué?, no, de ninguna manera… estaba pensando en como nos apegamos los argentinos a las tradiciones, aunque actualizadas, antes los graduados universitarios manejaban taxis, ahora remises, después dicen que la Argentina no progresa.
Vogel rió a carcajadas, cuando se calmó, comentó- Creo que llevo a la pasajera más indicada.
- Mi sentido del humor siempre fue enfermizo.
A pocas cuadras del congreso comenzaron a verse los dispositivos del aparato de seguridad: patrulleros, camiones de la guardia de infantería, motocicletas.
Lucía los observó con detenimiento y Vogel preguntó-¿ No la asustan?
-Sí, claro, ¿ pero qué se puede hacer? No hacemos más que reclamar por lo que nos corresponde,¿qué otra cosa se puede hacer?
Vogel la dejó a una cuadra de la plaza y le pidió que se cuidara, Lucía prometió hacerlo lo mejor posible. Mientras conducía de regreso la imagen de la morocha apareció en su cabeza con potentes flashes, en un primer momento fingió que eso lo irritaba pero luego admitió que era una molestia grata. Hizo un par de viajes más con pasajeros que consideró intrascendentes, volvió a la agencia, estacionó el auto y bajó. Le entregó la planilla y el dinero a Rodriguez, el encargado, y este le dio el porcentaje correspondiente. Vogel dejó el auto y se fue caminando hasta su departamento, saludó a dos vecinos que hablaban en la puerta del edificio, y subió.
Se sacó las botas y se tiró sobre el sofá, de a poco la oscuridad fue inundando el recinto, dejó que su mente vagara sin fijarse en idea alguna. En cinco minutos estuvo en un estado mental eficazmente lejano del sueño o la vigilia: se dedicó admirar las imágenes que sin lógica se sucedieron en su atenuada consciencia.
Se incorporó de a poco, encendió la luz y esperó que sus ojos se acostumbraran a la claridad. Lucrecia había realizado, como era su costumbre, una tarea eficaz y minuciosa: todo estaba limpio y ordenado. Una vez más sintió lo que denominaba su culpa ideológica: la sensación de que no era más que un pequeño burgués explotador. Era un sentimiento que nunca había comentado con nadie, y aunque no se atreviera a admitirlo, era por temor a las burlas que pudiera concitar. Resolvió que podía archivar esas reflexiones mientras se servía un Smuggler con hielo. Miró el estante de las películas y notó que había grabado del cable cinco películas. Esto se agrava, no sólo compro libros que no leo ahora también gasto guita al pedo en cintas. Ese pensamiento lo llevó a replantearse qué quedaba de su vocación de filósofo, esa pasión que lo había arrastrado durante los cinco años de la Licenciatura, devorando no sólo los libros indicados por la cátedra, si no todos los que consideraba relacionados con el tema. Sus intervenciones en los prácticos habían sido brillantes, poco más que sus finales… él había sabido que había más que vocación de conocimiento detrás de aquella pasión, esa pasión era el único lastre contra la locura. La carga era demasiado densa, sabía de que estaba hecha pero no quería hacerla consciente porque lo arrastraría a donde no quería llegar. Un infierno demasiado conocido: el alcohol le había permitido zafar de las intensidades y la variedad de aquel dolor, pero casi lo había hecho zafar de todo, de cualquier cosa… y, lamentablemente, lo había hecho sin que persona alguna lo percibiera, o al menos hiciera evidente esa percepción. Su último final: Filosofía Contemporánea, lo había dado borracho, y su nota, previsible e indefectiblemente, había sido diez. La fiesta en la que participó después con sus compañeros había sido una buena oportunidad para dejar de fingir una sobriedad un tanto amaquietada. Y luego los sueños; todas las ocasiones en que había despertado en medio de la noche con carcajadas histéricas: Marx discutiendo con Sócrates en un sórdido campo de batalla malvinense, Sartre discurriendo sobre el ser con un distraído Galtieri, etc.

Aún no hay comentarios »

Aún no hay comentarios.

Canal RSS de los comentarios de la entrada. URI para TrackBack.

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.