Basta de flashbacks, se ordenó. Encendió el televisor y la video y puso una película. Lo despertó el radio-reloj, se levantó, duchó y afeitó, (la prolijidad era el primer paso en la lucha contra la depresión), se peinó y marchó hacia la cocina. Tomó un café negro y unas tostadas con mermelada de tomate. Bajó y caminó hasta el quiosco de diarios, compró Página 12, Clarín y La Nación, luego siguió unas cuadras hasta la escuela donde ejercía la titularidad en un par de Cuartos Pedagógicos como profesor de Introducción a la Filosofía. Sabía que disponía del tiempo suficiente para leer los artículos que le interesaran antes de que sus educandos contestaran la única pregunta que les había planteado en el trabajo práctico de. Cuando concluyó, dijo- Entreguen, por favor. -los alumnos entregaron las hojas y un minuto después tocó el timbre que marcaba la finalización de la hora. Se despidió con frialdad y los alumnos respondieron de la misma forma; cuando salió al patio saludó con una inclinación de cabeza a dos colegas que salían de las aulas, caminó hasta la puerta y salió. Mientras se dirigía hacia el bar donde solía hacer su segundo desayuno y tomaba apuntes de lo que alguna vez iba a ser su obra, fue hojeando los trabajos entregados. Como había previsto, apenas un par llegaban a insinuar una respuesta adecuada al interrogante planteado; el resto variaba entre la incomprensión estudiada y el más completo desinterés. Eso lo tranquilizó, nada de sobresaltos.
Cuando entró en el bar, Pepe lo saludó e hizo un gesto de interrogación con su mano derecha, Vogel levantó el índice de su mano derecha. Pepe supo que el cortado doble con el par de medialunas debía ser acompañado con un cognac simple.
Vogel acomodó los diarios y las evaluaciones sobre una silla y extrajo la libreta de apuntes del bolsillo de su campera; hacía rato que aquella reflexión no avanzaba, sólo se reiteraba en diferentes registros, las palabras variaban pero los conceptos estaban anclados, parecía que su pensamiento operaba según una rara dialéctica de retroceso, la síntesis a menudo se transformaba en la tesis levemente pervertida por la acción de la antítesis.
Pepe lo interrumpió acarreando la bandeja con su desayuno tardío-Y,¿ cómo va el trabajo? -preguntó con interés sincero.
-No muy bien.
-El viejo dice que tienes buena cabeza y que algún día muchos hablarán de vos con admiración…
-Tu viejo es un idealista… ¿cómo anda?
- Bien, se empecina en vivir como un condenado y cada tanto putea porque no lo vas a ver…
-Pronto lo voy a visitar, mandale un abrazo.
-Sí, claro, tu discúlpame por preguntarte pero me interesa…
-No, no hay problema, te aseguro que cuando tengo algo más o menos claro te lo voy a decir…
-Bueno, te dejo, no quiero servirte de excusa para no trabajar…
Pepe se alejó y dejó solo a Vogel frente a su desayuno, comió una medialuna mirando a la gente que estaba en el café. Un cuarteto de vendedores de servicios organizando su diagrama matutino de clientes, dos jubilados que jugaban al ajedrez y una pareja que mantenía una discusión asordinada. Encendió su pipa y bebió un sorbo de cognac, volvió a los apuntes. Hacía tiempo que sospechaba que jamás desarrollaría un trabajo teórico original y de alguna coherencia; pero se decía que debía seguir intentándolo, a pesar de que algunas veces considerara que el pensamiento filosófico en la Argentina no tuviera utilidad alguna. Un lugar donde las Humanidades son algo así como una alfombra persa o un jarrón de la dinastía Ming. O pensándolo bien, algo mucho menos interesante, con mucho menos prestigio y valor que esos objetos, que, en todo caso, dan referencia ostensible de cierto refinamiento y poder adquisitivo.
Vació la pipa en el cenicero y sacó la billetera del bolsillo interior de su campera, dejó un billete y salió. La mañana seguía siendo fría y temprana, faltaban más de dos horas para tomar su turno en la agencia. Casi siempre había sido así, demasiado tiempo sin objeto y demasiado poco con alguna pasión. Caminó hasta la plaza San Martín y se sentó en un banco: el espectáculo era el habitual, como de costumbre se sorprendió del convencimiento con que la gente cumplía sus ritos cotidianos, su capacidad para administrar la pasión en cuotas, o al menos para disimular su ausencia. Casi inmediatamente la imagen de la pasajera del día anterior lo deslumbró con potencia, ella era la pasión… mejor no pensar en ciertas cosas… jugó un truco que cada vez dominaba mejor, la comprensión evasiva. Eligió a un viejo que caminaba por la vereda de enfrente, su aspecto no era brillante, traslucía demasiado su condición de jubilado, aunque había algo de dignidad meditabunda en su paso cansado, no tenía esa confianza de autómata que es el matiz característico de los adultos, y aún de algunos niños, que circulan por la ciudad a esa hora. El viejo parecía tener consciencia de la inutilidad de casi todo, consciencia que parecía patear hacia adelante para retomar su pequeña fe en el asunto que lo había llevado a caminar.
Marzo 3, 2008
El fénix, nouvelle negra de Julio Páez, 3.
4 comentarios »
Canal RSS de los comentarios de la entrada. URI para TrackBack.
muy bueno, después lo reviso más
comentario por germanabel — Marzo 3, 2008 @ 2:02 am
Gracias por la lectura y espero no defraudarte demasiado.
comentario por juliopaez — Marzo 3, 2008 @ 4:08 pm
julio paez, volví y revisé más, veo una prolífica producción literaria, novelas.
cuál es tu curriculum, dónde estudiaste qué cosa. desde dónde decís lo que decís?
comentario por GAL — Marzo 20, 2008 @ 4:12 pm
En alguno de esos sitios que aparecen linkeados en esta página ofrezco bastante información, si no escribime a marloweando@yahoo.com.ar y en la respuesta aparecerá la información que solicitás. Gracias por el interés demostrado, Julio.
comentario por juliopaez — Marzo 20, 2008 @ 7:31 pm