Estado de la cuestión, una novela actual que transcurre en Argentina, una historia sobre la imposibilidad del éxito en el fracaso colectivo, en http://estadodlacuestion.blogspot.com
noviembre 3, 2008
agosto 31, 2008
Música gratuita sobre poemas de Julio C. Páez
El malentendido grupo Maelstromx1 interpreta música de Julio César Páez y, obviamente, la regala en http://www.esnips.com/web/cancionesleves y http://www.esnips.com/web/Spandau
marzo 26, 2008
El Fénix, nouvelle negra de Julio Páez
Dio vuelta a la esquina y Vogel no tuvo voluntad de seguirlo, además ya había descubierto a otro espécimen para ejercer su empatía a distancia. Una cuarentona elegante enfundada en un tailleur verde musgo que parecía tener dificultades en cargar con un portafolio seguramente repleto de papeles importantes. ¿ Qué historias llevaría en su paso decidido? Tal vez una vida matrimonial de escasas satisfacciones sexuales, una hija adolescente demasiado parecida a ella y con la que competía consciente o inconscientemente…, las posibilidades eran innumerables. La mujer notó que la estaba observando y aquella comprobación no pareció tomarla por sorpresa o molestarla. Vogel se levantó del banco y caminó hacia la calle, cruzó adelante de un colectivo y encaró a la mujer- Hola,¿ podemos hablar un momento?
La mujer se detuvo y sonrió- ¿ No te parece que es demasiado temprano para estas cosas?
- La verdad que me parece temprano para cualquier cosa, pero no me preocupo, algunas mañanas a esta hora me parece tarde para todo…
La mujer lo observó, y Vogel hizo lo mismo. El rostro de la mujer estaba bronceado, los ojos azules estaban rodeados de las patas de gallo imprescindibles, el pelo rubio caía sobre los hombros en una lacia y corta melena.
- ¿ Y entonces?
- Supongo que tendrás un número de teléfono…
- Claro que lo tengo, pero no sabrías a quien llamar…
- Decime tu nombre entonces, yo soy Vogel.
- Supongo que no es tu nombre.
- Bueno, de alguna manera sí, ¿ y el tuyo?
La mujer sacó una tarjeta de uno de los bolsillos del tailleur y se lo alcanzó.- Este es el teléfono de mi estudio, podés llamarme a la noche, voy a estar trabajando… Soy Patricia.
- Te llamo. -prometió Vogel y guardó la tarjeta en un bolsillo de la campera.
- Hasta luego. -saludó Patricia y se alejó.
-Hasta luego entonces. –saludó Vogel y apreció que los glúteos aparecían firmes bajo el género de la entallada pollera. Ahora es el momento en que tengo que girar y encarar a la cámara con expresión ganadora, pero no lo voy a hacer. ¿ Qué había impulsado a Vogel a encarar a la mujer? A menudo solía interrogarse en tercera persona sobre sus acciones en un intento por descomprometerse de la situación y objetivarse. Sonreía a menudo recordando que era un procedimiento similar al que utilizaban Menem y Maradona para referirse a sí mismos. Caminó hasta la agencia sin responderse, Rodriguez le entregó las llaves, los documentos del auto y la planilla. La comunicación entre ellos era fluida aunque casi siempre excluyera las palabras.
Sonó el teléfono.
-Debe ser esa de nuevo. -comentó Rodriguez y levantó el tubo- Agencia…, buenos días. Sí, sí, esta aquí. La dirección es… -tomo nota de la dirección- … correcto, ya va para allá. -cortó la comunicación y miró irónicamente a Vogel- No sé que habrás hecho, pero la mina que llevaste ayer al centro, esa que se bajó aquí y que dejó locos a los muchachos, llamó antes dos veces y pidió un auto siempre y cuando fueras vos el que manejara… -le entregó la tarjeta.
Vogel se quedó paralizado, su éxito con las mujeres parecía aparecer con fuerza abrumadora- La verdad es que me parece que estoy exagerando… -comentó antes de salir y dirigirse hacia el auto.
Rodriguez sonrió y lo vio alejarse en el 505.
marzo 1, 2008
El fénix, una nouvelle negra de Julio Páez, capítulo 2.
Cuando Vogel se acercó a ellos, las alusiones a su pasajera fueron abundantes, floridas y obscenas. Pero para no parecer distante o universitario, Vogel festejó algunas con una sonrisa que pretendió ser simpática. Nunca había comprendido esa costumbre de exhibirse como machos dominantes que tienen algunos varones cuando hablan entre ellos, más aún conociendo sus situaciones reales y la opresión que sus legítimas esposas ejercen sobre ellos. Hasta había escrito un par de artículos sobre el asunto en unos fanzines progres a mediados de los ochenta. Publicaciones que ninguno de sus compañeros había llegado a sospechar, sus lecturas no excedían el marco literario de El Clarín deportivo u Olé. Se tomó un café en la agencia y luego fue convocado para otro viaje, también a Capital, (parecía que ese era su día de suerte). Una anciana que tomaba un remís para concurrir a la concentración de los jubilados en plaza Congreso. Qué buena propaganda oficialista. Los jubilados que fomentan los disturbios y el desorden son precisamente aquellos que puedan darse lujos, activistas, meros activistas que apuntan a desestabilizar la convertibilidad movidos por oscuros e inconfesables intereses. No pudo evitar sonreír ante sus pensamientos.
La mujer dijo-Mi marido me dejó en una buena posición, pero que yo esté bien no me autoriza a despreocuparme de los pobres que cobran la jubilación mínima.
Vogel notó que la mujer era inteligente y susceptible, entonces dijo- Estoy completamente de acuerdo con usted.
-Como sonrió…
-No, no sonreía por lo que me había dicho usted, no directamente.
La mujer lo miró atentamente y enunció- Usted no es sólo un remisero.
-Creo que ningún remisero es simplemente un remisero. -respondió Vogel con astucia.
-Vamos, jovencito, ahora no se haga el tonto… -le pidió la pasajera sonriendo- …viajo habitualmente en remises, y conozco la forma habitual de expresarse de los choferes, no puedo dejar de tenerlo en cuenta, al fin y al cabo, soy un profesora de Literatura jubilada.
-Me rindo entonces, es cierto, no soy Clark Kent, soy Licenciado en Filosofía… no quiero deslumbrar al mundo y oculto mi personalidad tras este humilde oficio…
- Ya me parecía, me llamo Lucía.
- Vogel, mucho gusto. -se presentó, e ironizó sobre la adversidad de su suerte: la mina que estaba bárbara le había negado toda posibilidad de acercamiento, y la jubilada estaba deseosa de, al menos, hablar con él.
Lucía comentó- Veo que tiene usted un gran sentido del humor, constantemente encuentra motivos para sonreír
-Es una de las pocas virtudes que conservo: mi sentido del humor, aunque debo confesarle que tiende a tornarse cada vez más enfermizo.
-Eso es algo que sólo usted puede saber…
Lucía se volvió hacia la ventanilla y se mantuvo en silencio durante unos minutos.
-Espero que nada de lo que dije la haya molestado.
- ¿Qué?, no, de ninguna manera… estaba pensando en como nos apegamos los argentinos a las tradiciones, aunque actualizadas, antes los graduados universitarios manejaban taxis, ahora remises, después dicen que la Argentina no progresa.
Vogel rió a carcajadas, cuando se calmó, comentó- Creo que llevo a la pasajera más indicada.
- Mi sentido del humor siempre fue enfermizo.
A pocas cuadras del congreso comenzaron a verse los dispositivos del aparato de seguridad: patrulleros, camiones de la guardia de infantería, motocicletas.
Lucía los observó con detenimiento y Vogel preguntó-¿ No la asustan?
-Sí, claro, ¿ pero qué se puede hacer? No hacemos más que reclamar por lo que nos corresponde,¿qué otra cosa se puede hacer?
Vogel la dejó a una cuadra de la plaza y le pidió que se cuidara, Lucía prometió hacerlo lo mejor posible. Mientras conducía de regreso la imagen de la morocha apareció en su cabeza con potentes flashes, en un primer momento fingió que eso lo irritaba pero luego admitió que era una molestia grata. Hizo un par de viajes más con pasajeros que consideró intrascendentes, volvió a la agencia, estacionó el auto y bajó. Le entregó la planilla y el dinero a Rodriguez, el encargado, y este le dio el porcentaje correspondiente. Vogel dejó el auto y se fue caminando hasta su departamento, saludó a dos vecinos que hablaban en la puerta del edificio, y subió.
Se sacó las botas y se tiró sobre el sofá, de a poco la oscuridad fue inundando el recinto, dejó que su mente vagara sin fijarse en idea alguna. En cinco minutos estuvo en un estado mental eficazmente lejano del sueño o la vigilia: se dedicó admirar las imágenes que sin lógica se sucedieron en su atenuada consciencia.
Se incorporó de a poco, encendió la luz y esperó que sus ojos se acostumbraran a la claridad. Lucrecia había realizado, como era su costumbre, una tarea eficaz y minuciosa: todo estaba limpio y ordenado. Una vez más sintió lo que denominaba su culpa ideológica: la sensación de que no era más que un pequeño burgués explotador. Era un sentimiento que nunca había comentado con nadie, y aunque no se atreviera a admitirlo, era por temor a las burlas que pudiera concitar. Resolvió que podía archivar esas reflexiones mientras se servía un Smuggler con hielo. Miró el estante de las películas y notó que había grabado del cable cinco películas. Esto se agrava, no sólo compro libros que no leo ahora también gasto guita al pedo en cintas. Ese pensamiento lo llevó a replantearse qué quedaba de su vocación de filósofo, esa pasión que lo había arrastrado durante los cinco años de la Licenciatura, devorando no sólo los libros indicados por la cátedra, si no todos los que consideraba relacionados con el tema. Sus intervenciones en los prácticos habían sido brillantes, poco más que sus finales… él había sabido que había más que vocación de conocimiento detrás de aquella pasión, esa pasión era el único lastre contra la locura. La carga era demasiado densa, sabía de que estaba hecha pero no quería hacerla consciente porque lo arrastraría a donde no quería llegar. Un infierno demasiado conocido: el alcohol le había permitido zafar de las intensidades y la variedad de aquel dolor, pero casi lo había hecho zafar de todo, de cualquier cosa… y, lamentablemente, lo había hecho sin que persona alguna lo percibiera, o al menos hiciera evidente esa percepción. Su último final: Filosofía Contemporánea, lo había dado borracho, y su nota, previsible e indefectiblemente, había sido diez. La fiesta en la que participó después con sus compañeros había sido una buena oportunidad para dejar de fingir una sobriedad un tanto amaquietada. Y luego los sueños; todas las ocasiones en que había despertado en medio de la noche con carcajadas histéricas: Marx discutiendo con Sócrates en un sórdido campo de batalla malvinense, Sartre discurriendo sobre el ser con un distraído Galtieri, etc.
febrero 24, 2008
El fénix, una nouvelle negra de Julio Páez.
1. Un viaje más desde Quilmes hasta Capital, Vogel detestaba manejar en la ciudad de Buenos Aires, aunque quizá sea más exacto decir que odiaba manejar en cualquier sitio; en el mejor de los casos conseguía anestesiarse diciéndose que era lo mejor que podía hacer para vivir con alguna dignidad. Su Licenciatura en Filosofía le producía el escaso dinero de la Ayudantía y un tremendo sentimiento de inutilidad cuando intentaba redondear algún concepto filosófico en las cabezas de los estudiantes de secundario, (por ejemplo: hacerles entender algo tan complejo como el principio de exclusión del tercero). Así se había resignado a desarrollar uno de los oficios de moda en la Argentina de los 90: remisero.
La chica le había dicho que la llevara hasta una dirección en Avenida del Libertador, y que la esperara allí para traerla de regreso a Quilmes. En un primer momento, Vogel no había notado las características peculiares de su pasajera; cuando las percibió, su escaso interés profesional mutó en un elevado interés personal. La mujer medía más de un metro setenta e iba vestida con unos jeans rasgados a la altura de los muslos y una campera corta de gamuza azul sin abotonar, debajo llevaba una camisa blanca abierta hasta el tercer botón; los pechos, notables, se insinuaban apropiadamente. El pelo negro caía nomás hasta los hombros, el rostro de pómulos altos y labios estrechos, se iluminaba con ojos de un verde oscuro. El primer pensamiento consciente de Vogel al completar la visión fue: Estoy alucinando, esta mina no existe. Pero debió admitir que, efectivamente, existía, y volvía caminando por la vereda para subir de nuevo al auto; luego de abrirle la puerta, balbuceó-Qué rápido.
La mujer respondió-Sí, era un trámite muy sencillo. -luego se colocó los auriculares de su discman y clausuró toda posibilidad de diálogo. Vogel le dedicó algunas miradas a través del espejo retrovisor mientras conducía de regreso.
-Todavía no me dijiste a qué dirección querés que te lleve en Quilmes. -dijo con el volumen suficiente como para que ella comprendiera que estaba diciendo algo aun cuando no comprendiera el significado; la mujer se quitó los auriculares y dijo- Disculpame, pero no entendí lo que me decías…
-Decía que no me dijiste a qué dirección querías que te llevara…
- Ah, no te preocupés, dejame en la parada.
Cagamos, pensó Vogel. Sin terminar de resignarse pero cohibido, se animó-Espero que volvamos a vernos.
-Puede ser. – dijo la chica ambiguamente. Cuando el viaje terminó, pagó, saludó y bajó sin decir más.
Alguno de los compañeros de Vogel estaban en la puerta del local esperando ser convocados, y la vieron descender y alejarse
febrero 17, 2008
Mis aventuras en la web literaria. Inferencias inestables.
Que es a todo lo que pude llegar, es decir a inferencias inestables desprovistas de casi cualquier tipo de originalidad, a saber:
1. Los sitios literarios de internet son muchos.
2. La mayoría dice dedicarse a la poesía.
3. En muchos de ellos lo expuesto no pretende acreditar el valor de lo estético sino dar expresión a sentimientos o sensaciones que se ven obturados en otros epacios.
4. Por el motivo anteriormente expuesto, la cortesía con el lector, si esta cosa existiera, no aparece casi nunca.
5. Escasean los comentarios sobre los textos publicados, y cuando aparecen, en general no se refieren explícitamente a la calidad literaria del texto en cuestión sino a la impresión que produjo, este tipo de comentarios permite dar lugar a la ambiguedad necesaria para evitar el conflicto y, también, claro, evitar el esfuerzo de desarrollar una argumentación más compleja.
Cabe sospechar, por otra parte, la siguiente formulación “No pego (o no pego duro) para que no me peguen”
6. La mayoría de los sitios literarios fenecen en poco tiempo, como expusimos anteriormente, siguen apareciendo en los listados pero con actividad nula.
7. Puedo ser culpable de una o más de las conductas descriptas.
8. No sé a quien demonios le puede interesar el punto anterior.
febrero 14, 2008
Berni sirve un gin tonic. Cuento.
Berni se acercó con un sonrisa y pregunto-¿Qué tal, Doctor, cómo va?
-Bien, Berni, ¿ y vos?
-Y acá, aguantando pero bien.
-¿Marcelo?
-Llega después de las siete.
-Así que sos el patrón por un rato.
-Sí, claro y tengo todo el laburo. ¿Qué van a tomar?
El hombre se volvió hacia su compañera, y entonces, por unos segundos, la desconoció; la mujer dijo-Para mí, una coca.
-A mí traeme un gin tonic.
-Listo. -Bernie se alejó y saludó sonriente a una pareja que se había sentado a una mesa próxima.
El hombre encendió un cigarrillo, y miró por la ventana: un remisero intentaba estacionar su auto ante el fastidio de los automovilistas que veían interrumpido su tránsito por preciosos segundos.
-No vas a decir nada….-dijo la mujer.
-Me extrañó tu llamado, no sé que decir, pasaron casi diez años…
-Pero viniste…
-Curiosidad, por ahi.
-Ah…
Berni regresó con lo pedido, el hombre corrió el libro para que pudiera dejar los vasos, las botellas y los platitos con aceitunas, papas fritas, maníes y diminutos dados de queso.
-Gracias.
La mujer bebió un trago de su coca y el hombre apagó el cigarrillo y tomó una aceituna.
-¿Curiosidad por verme?
-Te vi más de una vez en estos años…
-¿Sí?
El hombre recordó una mañana: un semáforo lo había detenido en su viaje al colegio, siempre le habían parecido demenciales los horarios a que eran sometidos los educandos; el original pensamiento fue interrumpido por la visión de una mujer vestida con elegancia que caminaba ensimismada en sus pensamientos; a pesar del maquillaje y de la atención que había puesto en el peinado, se veía ajada y decrépita, desgastada por la inexorable piedra del tiempo.
-Sí, en algunas marchas, no estoy seguro de que vos no me vieras…
-No te vi
-Claro, estabas atenta a la causa…
-No tenés que ser irónico…
-Disculpame, pero algo te conozco… -el hombre bebió un trago de su gin tonic.
-¿Hemingway?-preguntó la mujer señalando el vaso.
-Sí.
-Me gustaría tener esa constancia.
-No te preocupés, la tenés, claro que no coincidimos en los ámbitos…
-Vos hablás de mi matrimonio…
-No específicamente, pero sí, si querés incluirlo…
-Los chicos…
-No, está bien, entiendo, vos sabés que siempre me tocó entender…
La mujer lo miró con los ojos llorosos mientras él bebía otro trago de su gin tonic-¿Por qué sos tan duro?
-A mí ya me toco llorar, no hubo explicación entonces, no sé por qué tendría que haberla ahora…
-Me voy. -dijo ella ahogando un sollozo.
-No. -dijo el hombre tomándola del antebrazo y reteniéndola-No así.
-¿Qué querés?
-¿No ves que ya está? Hicimos lo que pudimos, no fuimos capaces de más o no valía la pena, quedemos así… es inútil seguir haciéndonos daño…
La mujer dudó unos segundos y luego bajó la mirada, con resignación dijo-Tenés razón. -y se quedó un rato mirándolo. Luego le apretó con fuerza la mano, se puso de pie y salió.
El hombre recordó marchas, el deseo de un país más justo, la bronca y la pasión-palabras vacías de casi todo contenido- mientras daba pequeños tragos a su vaso, luego extendió apenas la mano derecha en dirección a la barra y Berni sirvió otro gin tonic.
La noche interminable. Cuento.
Es una noche que vuelve, que no termina de ser y aniquilarse para dar paso al nuevo día; que es convocada por acciones mínimas: el sonido de un avión, un portazo, el aullido del viento en una tormenta, ciertos fulgores del crepúsculo.Una noche atravesada por alucinantes trazadoras buscando su frágil objetivo,y obuses fragmentando piedras, huesos y tripas; devorando el aire imprescindible.La mierda, el sudor, la cordita y el olor del metal caliente son los olores dominantes. Y el estruendo y los gritos. Luis trata de ordenar sus percepciones para zafar de esa noche, para ser otro, para vivir; y salta de pozo en pozo para escurrir su cuerpo de la muerte cercana.Los obuses cesan y sólo se escucha el tableteo de las ametralladoras y la seca detonación de los fusiles automáticos; Tomás dispara hacia la noche y Luis se arroja junto a él y abre fuego; son pocos minutos los que permanecen echados en la tierra codo a codo, los suficientes para ver como siluetas acechantes caen y para convertirse en blanco de las ametralladoras británicas. Se ponen de pie y corren y vuelven a echarse en el barro y de nuevo disparan.Los obuses vuelven a caer, retroceden, Tomás tropieza y el obús cae sobre él, la fuerza de choque golpea a Luis en la espalda y lo eleva unos metros,cae y cree escuchar los lamentos agonizantes de Tomás pero sabe que es imposible; como puede se pone de pie y comienza a correr para alejarse, para salir de esa noche templada por demonios, corre, corre por diecinueve años y a menudo cree dejarla atrás pero todos sus intentos son vanos y hoy sabe que la despedida exige un gesto definitivo.
Lleva el cañón de la pistola a la sien izquierda, sonríe y presiona la cola del disparador.
febrero 13, 2008
Una campaña exitosa. Cuento.
Entró a la comisaría en medio del quilombo, realmente no sé cómo lo hizo, quería hacer un descargo decía, nadie le daba bola porque no sabíamos qué carajo hacer: a duras penas podíamos mantener a raya la manifestación, nos estaban cagando a piedrazos y de vez en cuando se escuchaba algún tiro; el sargento Escalante me llamó cuando el tipo le mostró todas las tarjetas de crédito que aún llevaba, y se dio cuenta de que era un tipo grosso. Lo había llevado a la salita del fondo, la que está antes del primer calabozo: tenía el traje gris a la miseria, el prolijo peinado con gel disuelto por la transpiración y la cara golpeada. Era evidente que estaba asustado y tenía ganas de hablar, le ofrecí un cigarrillo, se lo encendí y me senté frente a él. Habló sin interrupciones (salvo cuando el sargento entró para indicarme que se estaban acabando los lacrimógenos) y a medida que tomaba confianza su historia se fue haciendo más clara. Me contó que era ejecutivo de cuentas de la agencia de publicidad más importante del país y que todo había comenzado como una joda entre compañeros, que nunca pensaron que iba a tomar la dimensión que tomó y que se sentía culpable y arrepentido. Le dije que fuera más claro, y si bien noté un gesto de molestia ante mi incomprensión, continuó su relato. Ellos, el equipo de la agencia publicitaria, habían batido los récords de venta de todos los productos que habían promocionado; no habían importado sus calidades ni sus precios, todos eran vendidos produciendo ganancias fabulosas para sus fabricantes, cualquier mierda, todo se transformaba en dinero si ellos lo promocionaban. Agrandados, habían pensado en poner en evidencia ante todos su talento e iniciado la campaña publicitaria del “Maby”, un producto atractivo tanto para niños, como para adolescentes y adultos, sin distinción de sexo. Cada grupo etario encontraría en “Maby” un aspecto muy placentero. Lanzaron la campaña a nivel nacional en los medios gráficos y audiovisuales e inclusive en los portales más visitados de Internet. Hubo avisos con chicas desnudas, con abuelitos haciendo willys en motos de alta potencia, con niños goleando a la selección nacional, con abuelitas seduciendo a todo un club de físico culturistas, con amas de casa siendo electas Miss Universo, con parejas gays celebrando sus esponsales en la Catedral. etc. La demanda fue brutal, todos querían tener su “Maby” y disfrutarlo, tenerlo y hacer sus vidas más valiosas y satisfactorias…
-Claro -admití-. La demanda fue tan brutal que la oferta no llegó a cubrirla, pero el Presidente dijo que pronto cada uno tendrá su “Maby”, no es algo tan terrible, cuando la oferta se estabilice con la demanda estos locos que están a punto de incendiarnos la comisaría se irán tranquilitos a sus casas. Se están utilizando inclusive camiones del ejército para transportar los “Maby”, para llevarlos a cada ciudad y pueblo.
-No –dijo.
-¿ No qué?
-”Maby” no existe, nunca existió.
Lo miré con pena, como se puede mirar a un loco escapado de un neuro psiquiátrico que te llama la atención. -Vamos, hasta ahora nos entendimos,¿cómo me va a decir semejante boludez?
-¿Qué es “Maby”?
-Es… es algo bueno, rico… suave… -me interrumpí sin poder terminar de definirlo.
-¿Lo ve? -preguntó con una sonrisa triste, que me pareció sobradora-.
– Está mintiendo –le dije.
-¿No se da cuenta? Hicimos una campaña perfecta, creamos en todos el deseo por obtener algo que no existe…
-¿Y cómo sé que usted no está mintiendo y que no es un agente de una compañía rival para desprestigiar a “Maby”?
– Piense lo que quiera, yo me limité a decirle la verdad.
Saqué la nueve milímetros, la cargué y le disparé dos tiros en el pecho; nadie tenía derecho a dejarme sin mi “Maby”. Afuera el quilombo seguía.
Una carrera promisoria (de crónicas de Malabrigo). Cuento.
Cuando Fornelli fue trasladado a la Capital sintió que comenzaba unaetapa ascendente que lo ubicaría en el exacto lugar que creíamerecer. Se sabía poseedor de la formación técnica necesaria paradestacarse en la Policía Criminal (había sido el primero de su clase)y su aspecto físico era el adecuado (un punto nada despreciable paralos tiempos que corrían). Con esa finalidad no había dudado ensometerse a una dura disciplina de ejercicio y a gastar la mayorparte de sus recursos (que no eran excesivos) en la vestimenta queconsideraba adecuada. La ciudad de Malabrigo lo deslumbró (si bien intentó que no fueraevidente el goce para ocultar su condición de provinciano); lamagnitud de los edificios, la amplitud y limpieza de lass calles, laelegancia de los hombres y mujeres, y hasta la calidad de los velocesautomóviles que raramente podían verse en su ciudad natal. Todoparecía dispuesto para que él desarrollara una brillante carrera queinexorablemente lo llevaría a las anheladas instancias de poder.Intentó no desilusionarse cuando accedió a la oficina a la que habíasido designado: un lugar más bien sombrío, con máquinas de escribirde mediados del siglo XX y escritorios de madera oscura recargados depapeles desordenados. Lo recibió un hombre alto, con una panzaprominente, rostro colorado y unos diminutos anteojos en la punta dela nariz; su ropa no contribuía a mejorar su aspecto: la camisablanca estaba arrugada y no parecía muy limpia, la corbata colgaba aun lado con un nudo que alguna vez había sido triangular y negro.Fornelli admitió con estoica resignación que aquel individuo era sujefe, el Comisario Inspector Gutiérrez, y que otros dos individuos nomenos desaliñados eran sus compañeros de sección. Su primeraasignación fue clasificar los expedientes que había advertido comopapeles desordenados sobre los escritorios, su sentido de disciplinaera fuerte, de modo que limpió una silla con su pañuelo y se dispusoa trabajar. Por la tarde, Gutiérrez atendió un llamado telefónico yle dijo -Vení, pibe, esto te va servir.Salieron a la calle y abordaron un coche negro sin patente de aspectoafín a la oficina. Gutiérrez manejaba con indolencia sin señalizarsus maniobras y apenas despegando el pie del acelerador en lasesquinas; Fornelli se descubrió con la mano derecha apoyada confuerza sobre el tablero.-No te asustés, pibe, hace años que manejo y nunca tuve un accidente,bueno, algún rayón o bollito pero nada grave.-¿A dónde vamos? -se animó a preguntar Fornelli.-Un caso de suicidio. Fornelli se contuvo para no preguntar cómo podía hacer unaafirmación tan rotunda cuando aún no había llegado al lugar delhecho, Gutiérrez le dirigió una mirada interrogante y silenciosa.Accedieron a una calle de casas bajas y árboles prolijamenterecortados; frente a una de las casas estaba estacionado unpatrullero y un poco más allá un grupo de mujeres y algunos chicos.Gutiérrez estacionó junto al patrullero y los dos bajaron; lospolicías de uniforme saludaron al comisario y uno los condujo haciael interior de la casa. Ingresaron a un living de clase media conalgunos sillones, biblioteca, equipo de audio, televisor, reproductorde dva y arte abstracto en las paredes.-No está nada mal -comentó Gutiérrez deteniéndose frente a uno de loscuadros. Luego volviéndose hacia el patrullero preguntó -¿La occisavivía sola?-Eso me dijeron los vecinos, parece que era una chica del interiorque estudiaba Derecho y alquilaba esta casa desde hace un año más omenos -explicó el policía consultando una libreta.-¿Cómo era su vida social?-Bastante solitaria según las vecinas.-Claro -admitió Gutiérrez-. Bueno, veamos el cuerpo, el forense estápor llegar…Fornelli siguió a su superior preguntándose qué había querido decircon su admisión de claridad. Entraron a un dormitorio einmediatamente la vieron.-Uf -dijo Gutiérrez y Fornelli no pudo evitar sentir simpatía ante laconmoción de su superior. La chica estaba desnuda echada sobre lacama definitivamente, era delgada, de pechos amplios y piernaslargas, su sexo apenas entreabierto estaba rodeado de vello rubio;Fornelli pensó que tranquilamente podía ser el desplegable central decualquier revista para hombres, claro, si uno evitaba fotografiar elcráneo destrozado por el disparo y la mano derecha crispada sobre elrevólver.-¿Qué opina, Fornelli? -preguntó Gutiérrez. Fornelli caminó alrededor del cadáver y luego se fijó en elmobiliario, en su disposición y estado. Dijo -No hay signos deviolencia, no parece que faltara ningún objeto de valor… no tengoindicios para suponer que no sea un suicidio, supongo que de todosmodos habrá que esperar por los exámenes que corresponden… -Claro, claro. ¿Y qué opina?-Ya le dije.-No, no me ha entendido, ¿qué opina?, deje de lado al policía por un momento…-Un desperdicio, no tiene sentido.Gutiérrez sonrió, le puso una mano sobre el hombro y le dijo -Vamos,ya fue suficiente. Ya en la calle, Fornelli preguntó -¿Por qué supuso que eraun suicidio antes de ver el cuerpo?-¿Ha visto las últimas estadísticas?-Sí, claro.-¿Nuestras estadísticas?-Las oficiales.-No, muchacho, ahora cuando regresemos vea las nuestras. Volvieron al despacho y Gutiérrez le entregó las estadísticas. Los resultados eran impresionantes, los suicidios de adolescentes yjóvenes eran una plaga que asolaba Malabrigo con constancia ydedicación.-Dicen que es un desequilibrio estacional -explicó Gutiérrez cuandopercibió sorpresa y alarma en el rostro del subordinado.-¿Y cuánto dura?-Tres años y medio…-Una estación larga.-El clima está cambiando… Tornelli sonrió con tristeza y supo que su carrera no iba a ser tan veloz como había estimado.